El organillo está tan vinculado al casticismo que cuesta creer que tenga un origen extranjero.
Y es que no hay nada más madrileño que no ser madrileño!!
Y esto es lo que le pasa al organillo, que lo hemos hecho nuestro, pese a que nació muy lejos, en Inglaterra, a principios del siglo XIX.
A la capital llegó en 1890, cuando el lutier italiano Luis Apruzzese decidió instalarse en el número 4 de la Costanilla de San Andrés, como fabricante de organillos, aconsejado por su amigo, el músico Tomás Bretón.
Tal fue su éxito que el instrumento quedó unido para siempre al chotis (otro símbolo castizo que también proviene de fuera, concretamente de Bohemia). Y no había verbena que se preciara que no tuviera un organillero.
Luis Apruzzese trasladó después su negocio a la Carrera de San Francisco y estableció su residencia en la Calle de los Señores de Luzón, donde nacería en 1906 su hijo y sucesor, Antonio Apruzzese.
Los instrumentos que los Apruzzese confeccionaron han pasado por las manos de organilleros como El Carbonero, El Corbata, El Pollo Gris, El Claveles, El Niño Bonito, El Posturas o El Sordo, que han escrito con letras doradas la historia del organillo madrileño.
Sin olvidarnos de Salvadora, que ha dedicado toda su vida a tocar el organillo y que aún hoy ameniza nuestras calles.

No hay comentarios:
Publicar un comentario