sábado, 1 de febrero de 2025

EL AMOR DE UNA NOCHE (PEREZ REVERTE)


Había sido muy guapa, y a los 82 años todavía lo era. Después he visto una foto de su juventud, con un vestido rojo que no hace sino confirmarlo. Fue realmente un trueno de mujer, de las que pisan fuerte. Nacida en la Martinica, enviada por sus padres a estudiar a Francia siendo quinceañera, entró precozmente en el mundo cultural parisién. Atractiva, audaz, lectora voraz, conoció en persona o entabló correspondencia con los nombres más importantes del momento: Anouilh, Camus, Sartre, Cocteau, el actor Jean Marais… Incluso llegó a tiempo de tratar a Colette antes de que la famosa novelista desapareciese. Adoraba a Alejandro Dumas en particular y la literatura en general, pero su libro favorito siempre fue el Quijote. Eso la llevó a vivir en Madrid, a enamorarse de España. A convertirse en la gran señora del hispanismo francés que fue toda su vida.

La conocí en Tolón, sur de Francia, hace poco más de un año. Se celebraba un congreso sobre la presencia del Mediterráneo en mis novelas, y allí se habían reunido catedráticos, profesores y amigos franceses, italianos, ingleses y españoles. Marie-Stéphane Bourjac, especialista en mi trabajo, era la moderadora de unas charlas que yo agradecía pero procuraba evitar o asumía con resignación, pues a todo novelista –al menos a mí me pasa– le avergüenza escuchar a quienes, aunque sea para bien y no para mal, desguazan y analizan sus libros. Aquella noche fuimos todos a cenar a Le Gros Ventre, y ella y yo nos sentamos juntos. Era una gran conversadora, entusiasta de muchas cosas que compartíamos. Hablamos de todo en varios tonos distintos, desde Juan Valera y Felipe Trigo hasta la pesca del atún rojo en el Mediterráneo. Del mar, que ambos necesitábamos. De la vejez, de la juventud y de los amores. Para mi asombro, y seguramente el suyo, terminamos coqueteando. O algo parecido. La situación era agradable y Marie-Stéphane recobraba o recordaba, supongo, antiguos y gratos reflejos. Ecos de lo que fue y que, en aquel momento casi mágico, todavía era. Nos rozábamos las manos al conversar. Sus 82 años se desvanecían, diluidos en sus palabras y su sonrisa. Hablaba como si el tiempo no hubiera pasado en la vida de aquella jovencita que llegó a París, en la mujer que llegó a Madrid. Le brillaban los ojos, aniñándole el rostro. De pronto me hacía confidencias sobre su juventud, sobre su gato Mazarin y su nueva gata Tessa, adoptada, que si hubiera sido gato, aseguró, se habría llamado Sidi. Sobre su pasión infinita por el mar, en el que se bañaba incluso en invierno porque, decía, podía aguantar el frío tan bien como una ballena. Y también sobre un español cuyo nombre no pronunció, al que había amado durante toda su vida, pero junto al que no pudo envejecer. No me habló de su cáncer hasta que salimos del restaurante. Caminábamos por la orilla del mar, muy por detrás del grupo. El cielo estaba cuajado de estrellas, destellaba un faro a lo lejos, y la penumbra de la noche difuminaba la frontera de nuestra edad. Se cogió de mi brazo y anduvimos despacio. Estaba muy enferma, confesó. Su vida dependía, sin remedio, de una operación de las que son decisivas, a cara o cruz. A vida o muerte. El quirófano estaba previsto para esas fechas, pero había conseguido aplazarlo para participar en el congreso. Eran aquéllos unos días felices que no quería perderse, dijo. Y añadió: «Estos días son para mí como una última luz antes de entrar en la oscuridad». Fue exactamente lo que dijo: entrar en la oscuridad. En cuanto a mí, soy mejor escuchando que hablando, así que atendía en silencio. Se apretó un poco más contra mi brazo y apuntó de improviso, pensativa: «Por un tiempo fui una joven más bien disoluta». Rió un poco al decirlo, y aún más cuando apunté: «Me habría gustado mucho conocerte cuando lo eras». Seguía riendo cuando hizo un ademán hacia la noche y dijo: «Quizá en otro tiempo nos habríamos besado». Asentí a eso, convencido. «No te quepa la menor duda», repuse. Entonces se inclinó hacia mí y nos besamos en la mejilla el uno al otro. Hace una semana me contactó desde Tolón una común y querida amiga, Marie-Thérese García, para decirme que Marie-Stéphane se veía al borde de la oscuridad final, de la última certeza. La operación no había salido bien y se hallaba en cuidados paliativos, estoica como siempre, consciente de la situación; pero me enviaba sus recuerdos. «Cuando vayas a verla –respondí– dale un beso por mí, y dile que quiero que el último beso que reciba de un hombre sea mío». Ayer, nuestra amiga me envió un correo electrónico para decirme que Marie-Stéphane había muerto. Que llegó a tiempo de darle mi encargo. Y que sonreía.

viernes, 31 de enero de 2025

HUGO

El nombre Hugo tiene un origen germánico y deriva de la palabra hug, que significa "mente", "espíritu" o "inteligencia". Este significado lo vincula con cualidades como la sabiduría, el razonamiento y el pensamiento profundo. El nombre fue popularizado en Europa durante la Edad Media, especialmente en Francia y Alemania, y se extendió a otras regiones, incluida España.


En la tradición cristiana, San Hugo de Grenoble, obispo del siglo XI, es uno de los santos más destacados con este nombre. Su vida de devoción y servicio a los demás consolidó la asociación del nombre con la espiritualidad, la bondad y el liderazgo.


Hugo es un nombre que evoca nobleza, intelecto y carácter. Su popularidad ha perdurado a lo largo de los siglos, siendo utilizado tanto en contextos religiosos como en la realeza y la literatura, donde ha sido llevado por figuras influyentes y visionarias.


En un escudo heráldico diseñado para Hugo los elementos simbólicos podrían incluir un libro como símbolo de conocimiento y aprendizaje una estrella luminosa que represente guía e inspiración y un león para denotar nobleza y valentía. Los colores ideales serían el dorado para la grandeza el azul para la sabiduría y la espiritualidad y el blanco para la pureza.




jueves, 30 de enero de 2025

POR UN IDIOMA SIN "IDIOMO"


Si no tiene "dío" el día,

y el trigo no tiene "triga",

ni existen las "gobernantas",

tampoco las "estudiantas",

ni "hormigo" entre las hormigas.

Aunque lo intenten, comprar

con millones y "millonas"

un trono no tiene "trona"

ni "jaguara" has de llamar

a la hembra del jaguar,

y aunque el loro tenga Lora,

y tenga una flor la flora

mi lógica no se aplaca:

no tienen "vacos" las vacas

ni los toros tienen "toras".

Aunque las libras existan

con los libros no emparejan,

y tampoco se cotejan

suelos, que de suelas distan,

por mucho o "mucha" que insistan

mi mano no tiene "mana",

no tiene "rano" la rana

y foco no va con foca,

ni utilizando por boca

al masculino de Ana.






martes, 28 de enero de 2025

CARAVAGGIO

Michelangelo Merisi da Caravaggio, pintor revolucionario, artista provocador, persona inquieta de caracter pendenciero, genio incomprendido, loco violento, hombre atormentado, que crearía él solo un estilo, el barroco, e influiría (y todavía influye) en todo el arte posterior, de Velázquez al Scorsese de «Malas Calles».

Su vida transcurrió entre la pintura y las peleas, y en las dos artes era extremadamente bueno.

El renacimiento llegaba a su fin y un joven Caravaggio empezó a utilizar técnicas tenebristas, que seguramente se acercaban más a su personalidad oscura. Parece ser que vio el potencial expresivo de las sombras y buscó inspiración en la vida misma, por fea que esta pudiese parecer.

Muy joven todavía, decide irse a Roma, según los biógrafos: «Senza denari e pessimamente vestito», pero la ciudad en plena contrarreforma apreció su estilo teatral frente a la sobriedad protestante y Caravaggio pudo vivir holgadamente practicando la pintura religiosa.

Sus características formas de pintar fueron, como todo lo revolucionario, en principio no entendido y después imitado. En primer lugar renuncia a todo tipo de idealismo, representando a profetas y santos como gente real, sirviéndose de modelos de la calle. La polémica fue enorme: santos como mendigos, vírgenes como prostitutas… Además vestidos con ropas contemporáneas. Pero el pintor capta perfectamente la fuerza psicológica de esos personajes, resaltando sus rostros con una intensa luz y envolviendo los fondos en tinieblas.






lunes, 27 de enero de 2025

LAS ANTÍFONAS DE LA O

Las Antífonas de la O son un conjunto de siete antífonas que se rezan o cantan durante las Vísperas en la última semana del Adviento, entre el 17 y el 23 de diciembre. Cada una está dirigida a Cristo, invocándolo con un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento, y expresan la expectativa de su llegada como el Salvador prometido.


Origen y significado

Estas antífonas tienen sus raíces en la tradición monástica del siglo VI o VII, siendo adoptadas más tarde en la liturgia romana. Su contenido se basa en textos bíblicos que reflejan las esperanzas mesiánicas de Israel.

Reciben este nombre porque todas comienzan con la exclamación O, una expresión de asombro y súplica.

Están diseñadas para intensificar el anhelo de los fieles por la llegada de Cristo, conectando el cumplimiento de las profecías con el misterio de la Navidad.


Las siete Antífonas

Cada día se proclama una antífona que destaca un aspecto del Mesías:

1. O Sapientia (Oh Sabiduría): Cristo como Sabiduría eterna que guía y ordena todas las cosas (Isaías 11:2-3; 28:29).

2. O Adonai (Oh Señor): Cristo como el Señor y Legislador que libera a su pueblo (Isaías 11:4-5; 33:22).

3. O Radix Jesse (Oh Raíz de Jesé): Cristo como la raíz de Jesé, símbolo de esperanza para todas las naciones (Isaías 11:1, 10).

4. O Clavis David (Oh Llave de David): Cristo como llave que abre las puertas del Reino (Isaías 22:22; Apocalipsis 3:7).

5. O Oriens (Oh Sol Naciente): Cristo como luz que disipa las tinieblas (Isaías 9:2; Malaquías 4:2).

6. O Rex Gentium (Oh Rey de las Naciones): Cristo como Rey y Piedra angular que unifica (Isaías 2:4; 9:6).

7. O Emmanuel (Oh Emmanuel): Cristo como el Dios-con-nosotros, cumplimiento de las profecías mesiánicas (Isaías 7:14; Mateo 1:23).


Estructura y Simbolismo


Liturgia: Se cantan como antífona del Magníficat en las Vísperas.

Acrónimo: Las iniciales de sus títulos latinos, al invertirse, forman la frase Ero Cras (Mañana vendré), indicando la inminencia de la Navidad.